|
nightmover
|
 |
« en: Marzo 27, 2010, 12:38:26 » |
|
La conocà en un recreo cualquiera en el colegio privado donde laburé un tiempo. Una mañana de primavera, entre timbres y griterÃo de alumnos desaforados consultaba unos papeles cuando se sentó frente a mà fumando un pucho con esa exquisita delicadeza que sólo algunas mujeres saben esgrimir, cuando el cigarrillo hace equilibrio entre delgados dedos de una mano huesuda y sensual. Tomaba café y luego de acomodar el bolso a su lado cruzó sus formidables piernas ajustadas por unas finas medias de lycra muy transparentes. No me miró, acaso de caprichosa o de profesora nueva en el establecimiento. Conversaba animadamente como pocas, con cierta histeria propia de mujeres que se dedican a la docencia. Sus ojos acentuaban su mirada delineada por un rimel coqueto mientras sus párpados se contraÃan o ensanchaban ante cada consulta de la gorda de Matemáticas que siempre, imperiosa y autoritaria, demandaba mayor atención en sus educandos. Pelotudez va, pelutudez viene, alguien intervino en la conversación. Creo que fue el petiso de Historia, poco importa. Ella acomodó su soberbio culo en la silla y uno de los codos, sin querer, tal vez a propósito, hizo que su falda tejida se descorriera más de lo normal para mostrar inocentemente, provocadoramente, de puro calentona nomás, su muslo derecho. Ya no pude dejar de notar sus formas torneadas con resabio de un tostado veraniego que se resistÃa a abandonar su piel blanca. Entonces ella acotó con una sonrisa de labios carnosos que ocultarÃan con muy poco disimulo, una boca experta en petear hasta exprimir los miembros que hubiesen pasado por su lengua larga y jugosa: -No doy más con las planificaciones. Hice un curso para redactarlas pero no sabés, estuve toda la noche del sábado sentada frente a la computadora para no avanzar casi nada. Fue entonces cuando intercedà más para llamar su atención que para defender nuestra encumbrada labor profesional. -Es comprensible que te preocupes por esas boludeces porque supongo que, siendo tan joven, hace poco que estás en esto. Mis palabras cayeron en saco roto porque Julito, el de FilosofÃa, entró apresurado como siempre para infornarnos que la inspectora, una vez más, estaba en el colegio y amenazaba con hacer un control en algunas clases. Fue cuando ella hizo un movimiento con su pelo pelirrojo y un mechón rozó su cuello hasta depositarse en la blusa que tenÃa un botón abierto y parecÃa explotar intentando contener dos carnosos y firmes senos, aprisionados por un corpiño blanco que desfallecÃa en su intento contenedor. Entonces se dignó a mirarme con desprecio, desprecio que acentuó aún más su rostro de guerrera escondida en ese formato impostor de profesora de Contabilidad que nadie, pero nadie creÃa. -No me parece una boludez la planificación anual-me confesó con cierto desgano mientras buscaba aprobación en las miradas de los demás. Y allà mismo, ya caliente como una pava le espeté: -A mà me parece que una persona que invierte tanto esfuerzo en esas "pe lo tu de ces" tiene muy baja la autoestima. Otra vez sus ojazos se entrecerraron con furia para estudiarme mientras volvÃa a cruzar las piernas y su pollera se convertÃa en una improvisada minifalda que se descorrÃa hasta lÃmites insospechados. Bajé la vista para escrutarla con descaro, para hacerla sufrir con mi mirada babosa de macho en celo. Lo advirtió al instante; yo querÃa que lo notara, estaba con la boca reseca y mi pulso se aceleraba al punto que tuve un pequeño rubor como si fuera un adolescente atrapado en el deseo, temeroso de sentirme avergonzado pero decidido a avalanzarme a su cintura para poseerla allà mismo y esperar a que los demás o la policÃa me llevara detenido. "Hermosa puta, destrozarÃa tu ropa al compás de cuatro o cinco cachetazos hasta obligarte a chuparme la pija despacio mientras me mirás y acompañas la succión con una buena dosis de saliva, asÃ, asà seguà y masajeame los pezones con tus largos dedos mientras arqueás tu cuerpo y levantás el culo, reservado para después cuando lo dejés a mi amigo bien turgente , seguà profesora , seguà turra y hacelo bien, como siempre lo has hecho." Ahora me miraban todos, incrédulos y desconcertados. Expectantes de un diálogo momentáneamente detenido por las pasiones que ventilaba. Reaccioné en uno o dos minutos cuando ella se recostaba contra el respaldo con una sonrisa de triunfo que me despertó el indio, ya segura de haberme puesto en su lugar. - No solo tenés baja tu autoestima, mi amor, sino que además dudo que tengas vida propia. ¿Acaso la tenés? Porque, a decir verdad, atributos no te faltan. Su boquita carnosa se cerró y fue una mueca insolente la suya que acompañó con un movimiento muy sensual de cintura. Imaginé cómo habrÃan vibrado sus glúteos en el asiento, al tiempo que se entrechorÃan rozándose con una leve temperatura y sudor necesarios. Imaginé su olor a culo mientras me lo entregarÃa para ser lubricado convenientemente mientras la sujetaba por la espalda, dispuesta al sacrificio anal, como una presa orgullosa que ya no podrÃa esconderse detrás de las carpetas y su numérico saber académico. SÃ, era una soberbia turra que aparentaba un aire impostor de academicismo pero ostentaba unos tacos de altas plataformas. Más convenientes para la vida gatuna que para ollar el piso del colegio. Y su perfume, dios mÃo, me tenÃa embriagado. Demasiado dulzón, mezclado con el olor particular de su carne ahora enojada con mi comentario. "Olor particular, muy particular, te voy a culear este fin de semana y voy a planificar cómo romperte el ano, preciosa criatura que agotás tu vista corrigiendo exámenes cuando es tu divino cuerpo el que quiere fatigarse o fastidiarse entre las sábanas de algún pelotudo con más suerte que yo. ¿A quién se la mamarás, profesora? ¿Qué chanchadas harás, siempre destemplada, siempre aburrida? Tus tetas están aburridas, y vos con la carpeta de prácticos, decime, camionazo, por qué no te dejás de joder y te soltás, perra del infierno. Mordeme asÃ, más fuerte, mordeme y mirame con lascivia, hija de puta, asà puta abrasadora." Sonó el timbre y la contienda se suspendió. El pequeño público se desparramó no sin antes hacerme una mueca de desagrado. HabÃa resultado demaasiado agresivo con la nueva compañera. Ni siquiera nos habÃamos presentado. Confieso que sentà cierta humillación, cierta verguenza. Ella levantó su metro setenta, su pulposo metro setenta y encaró para las aulas despidiendo un vientito que obró como bálsamo en toda la sala. Atiné a una disculpa pero no se dio por enterada. caminó unos metros y giró su rostro para mirarme como se mira a un bicho raro desde la lejanÃa e indiferencia de un entomólogo. Yo la seguà con mi vista hasta que se perdió por el corredor. "Qué manera de mover el culo, cómo provocaba la grandota." Una mano misteriosa me palmeó la espalda, no sé si en señal de consuelo o reprobación. La semana siguiente no la vi. Creo que faltó o sencillamente me evitó. Deliré con su respiración, imaginé el calorcito que despedirÃan sus fosas nasales mientras durmiera conmigo, rendida o aparentemente rendida después de matarme con un polvo de novela. Para sorpresa mÃa una tarde cualquiera de una semana cualquiera sonó el portero de mi casa. Una voz muy apagada, casi como una confidencia resonó en el intercomunicador: -Profesor, me ayudarÃa con la planificación.
|